martes, 8 de enero de 2013

Reflexiones en polvo.


Huyi dejó su collar de perlas sobre la mesa de  noche, duerme tranquila a mi lado, yo miro el reflejo de la luz de la lámpara multiplicado en cada una de las perlas, estoy preocupado de que esas perlas no existan, de que Huyi no exista, de que yo en realidad nunca hubiese tenido las agallas de enamorarla para que dejara al idiota con el que salía cuando me conoció. ¿Y si nunca lo hice? Podría estar solo en cualquier apartamento de Nueva York tratando de ganarme la vida como artista porque en Colombia no pagan bien a  los artistas, acá sólo somos hippies que fuman marihuana antes de las 7 de la mañana y seguramente antes de dormir. No digo que sea mentira, sólo digo que eso piensa todo el mundo que somos, ni si quiera sé que digo, no soy artista, soy abogado, no vivo en Nueva York, vivo en Bogotá, no vivo solo, vivo con Huyi porque ella me amaba más que el idiota con el que salía; tengo el gran privilegio de estar contemplando su collarcito sobre la mesa, hace unas horas lo usó cuando salimos a tomar café al Oma de la esquina, estaba muy hermosa y tenía ese labial que tanto me gusta.

En el fondo soy artista, Huyi sabe eso, que siempre quise ganarme la vida pintando, pero me vendí, hice caso a mis padres, no a mi corazón. Pero si hubiese escogido el arte seguramente ella no estaría aquí, no sabría eso de mi porque lo de ganarme la vida pintando sería una realidad, no estoy seguro si muy buena o demasiado miserable, pero ya no sería una frustración. Si fuera artista seguramente tendría otras frustraciones, como pensar que hubiese sido mejor ser abogado porque pagan mejor y hay más trabajo. Eso no importa, vuelvo a las perlas y a Huyi al lado mío, un pequeño ronquido sale de su garganta, esos que parecen ronroneos, pienso que la quiero y me levanto de la cama. Estoy frente al espejo y hago muecas, empiezo a hablar, a mirarme a mi  mismo a los ojos, ensayo la forma en que miraría a alguien a quien le estoy diciendo algo realmente importante, alguna verdad tan transparente en cada fibra que es difícil de decir sin mirar de esa manera. Hablo, digo cosas al azar a una persona que no sé quién es y pienso que debería estudiar teatro. Al final me siento tonto y me río, mi reflejo es testigo y se ríe conmigo.

Vuelvo a la cama, la lámpara sigue encendida y Huyi duerme, yo me acuesto otra vez, me concentro en la luz cálida de la lámpara y el polvo que vuela a su alrededor.  Intento  acariciar las partículas flotantes de polvo con los dedos, pienso que ese polvo alguna vez fue parte de mi, parte de Huyi, parte de una almohada, de un peluche. Todo se desprende y muere en el aire, el acto de limpiar el polvo con un trapo mojado  es como limpiar pequeños cadáveres de partes de nosotros que ya cumplieron su ciclo. De pronto el polvo me parece algo importante y solitario a la vez. De alguna forma morimos cada día y alguna cosa vuelve a nacer en nosotros, así, todos los días, hasta que ese proceso se vuelve lento y entonces nos empezamos a llenar de prejucios, de arrugas, de muerte; al final nos convertimos en uno de esos cadáveres, nos convertimos en el polvo que descansa encima de los televisores, los escritorios, las bibliotecas, los estantes…

Pensar en eso me asusta un poco. Apago la lámpara, me acomodo en mi lecho y abrazo a Hugi. Hugi ronronea de nuevo, ya no me asusta tanto ser polvo. 



martes, 1 de enero de 2013

Isabel, estás perdida.


Estábamos esperando todos el año nuevo en la sala. Yo, unas horas antes, estaba frente a mi rostro reflejado en el espejo, pensando en cómo maquillarme para que no se me notara la tristeza. Antes de pensar en que polvorín colorido me iba a echar en los párpados, en qué corrector iba a usar para las ojeras, pensé en la verdadera razón de esa molesta melancolía que colgaba de los bordes  de mis labios bajándome la sonrisa, accesorio ínfimamente necesario para ese día.

Mis tíos, mis primos, mis abuelos, mis padres y  mis hermanos invaden cada rincón de la casa. El único lugar tranquilo es el baño, donde yo reflexiono sobre las cosas que había hecho en un año, es increíble como se comprime la información de un año  en tan sólo un día, en tan sólo un momento; había hecho muchas cosas, había conocido personas,  tal vez yo había cambiado, pero mi vida y el aparente rumbo de ella no. Los primeros rumbos que decidí tomar son difíciles de desviar; me estoy dando cuenta que el lugar a donde voy no me gusta demasiado. Las personas risueñas que están sentadas conmigo en la sala piensan que eso soy, que ese es mi rumbo. Pero en ese momento, cuando me miré en el espejo, con los ojos hinchados de tanto llorar, supe que terminaba como todos los años nuevos. Sin saber quién era yo. Sin saber en realidad que amaba. O lo que quería. Equivocada.

-¡Isabel!-

 La tía Melva me llama, yo sobresaltada me echo agua fría en la cara para disminuir el color rojo de mi mirada tonta ¡tonta! Bajo las escaleras y ella me espera con una natilla en un plato de icopor, naturalmente  ella no sabe que odio la natilla, o no lo recuerda; pero no saberlo y no recordarlo es lo mismo porque quiere decir que no le interesa. Yo le digo que no quiero y ella se me queda viendo.

-¿Estabas llorando?-

-No tía, me pegué en los ojos-

-¿Te pegaste en los ojos? Preguntó mientras soltaba una sonrisa sarcástica al final, extrañada.

-Sí, así como uno se pega en las rodillas (en el alma) o en los codos (autoestima), uno también puede pegarse en los ojos (felicidad)-

Ella me miró con compasión, me dio unas palmaditas en los hombros y me dijo: -Ya no llores niña, eres muy joven todavía-. Tenía razón, pero a veces ver personas de mi edad tan seguras de sí mismas me hacía sentir envidia, esa envidia color naranja fluorescente que hace que se pinten los sueños con la necesidad de darle más vueltas a la cuerda.

Es que la sociedad quiere que hagas todo rápido. Si tienes 25 y no te has casado te está cogiendo la tarde, si estás en once grado y todavía no sabes a que te vas dedicar toda tu vida te está cogiendo la tarde, si tienes 26 y sigues estudiando te está cogiendo la tarde,  si tienes 16 y aún eres virgen te está cogiendo la tarde, si tienes 32 y no has tenido hijos te está cogiendo la tarde. Eso me molesta profundamente y me hace querer mandar todo a la mierda, todo lo que hago, es que a veces pienso que todo en mí llega tarde.

Uno se empieza a preocupar demasiado por el tiempo estipulado popularmente, creo que el tiempo que debería preocuparme es el mío, el que yo decido, mi propósito ahora es dejar de preocuparme por el ritmo exterior y empezar a escuchar el número de latidos de mi corazón que ahora camina tranquilamente mientras todos gritan ¡Feliz 2013!

Debo agradecer que tengo una familia, (aunque ahora es incompleta) con la cual paso el año, que tengo amigos de verdad (Muy pocos). Sólo me falto yo, que es el vacío más grande; el que ahora cubro con una base de Max factor para el dolor, polvos Nailen número uno para la melancolía, lápiz negro marca Vogue para los malos pensamientos, labial color pétalo de rosa pálido para la sonrisa falsa.





 Algún día me encontraré y diré: “Isabel, te he estado buscando”. 







viernes, 14 de diciembre de 2012

El ser más brillante que existe.


Líneas formando palabras que acarician los oídos del músico que compone mientras mira el atardecer, un sol muriendo tras las montañas, la calidez se sacrifica para dejar nacer a la luna que con su luz blanca toca los techos y los rostros de las almas cansadas. Ah, que sospechosa es su mirada incandescente cuando le atraviesa el corazón, sin piedad rasguña lo que hay adentro, ella no lo sabe, no sabe nada, sólo contempla el tiempo mágico y tortuoso que pasa durante las conversaciones calladas.

El otro día miré hacia mi interior, había un desierto nocturno con unas dunas gigantes, agonizaban y entristecían porque no querían ser polvo; cada grano era un pedazo de mí, fracturado y echado en el suelo, siendo soplado y manipulado al antojo del viento. Que triste visión aquella, recuerdo que todo parecía angustioso, la única esperanza en aquel paisaje era el cielo estrellado acompañado por una luna grande que con piedad intentaba iluminar el polvo seco de mi ser despedazado. Pensé por algún tiempo, que esa luna, era ella, sonriéndome, pero se esfumó su presencia y el paisaje seguía igual, aquél ser brillante ya no tenía nombre. Me pregunté ¿Quién era? Y supe que era yo, gritándole al panorama entero que la luz siempre estuvo adentro, no afuera, no estaba en ningunos ojos, en ninguna sonrisa, en ningún nombre ni en ningún rostro, era yo y siempre fui yo, el ser más brillante que existe. 


sábado, 8 de diciembre de 2012

Andrea no está.


El tiempo pasaba lento y los ojos azules del cielo morían tras una nube densa y gris,  humo que se esfumaba envuelto en el viento transparente, él lloraba porque sabía que no había solución, lo que él quería era imposible de conseguir. Quedaba quitarse el traje negro, ponerse la bata blanca y empezar un nuevo día sin ella, un balcón sin ella, un desayuno sin ella, un huevo frito sin ella, una película sin ella. Había una conmixtura de sentimientos que se mezclaban  con la mañana y el café que se enfriaba sobre la mesa mientras Pluto miraba hacia el horizonte, atónito, como tratando de reconocer el mundo que le rodeaba.

Entró al baño a lavarse la cara para volver un poco en sí, se miró al espejo y su mirada se ensombreció, se percató de que en la profundidad  de sus pupilas no había nada, sólo un hoyo negro, un vacío  con un fondo que no podía ser tocado, no importa que tan hondo se fuera, en ese momento era infinito, interminable, casi eterno. El color marrón se apretaba alrededor de la pupila como tratando de entrar sin éxito, se aclaró mientras el punto negro se encogía bajo un rayo de sol que de repente iluminaba el lugar, la tina, el retrete, las toallas, se veían más blancas que nunca, las pupilas de Pluto se  veían más negras que nunca. Un dolor sofocante y un nudo de orca atrapado en su garganta lo acompañaban como un perro fiel, como una amante fea, como una madre preocupada, esos dolores criaban suspiros y esos suspiros le enseñaban a caminar a la tristeza.

A veces salía a comer helado de mandarina en el parque y se acordaba de las anécdotas que ella solía contarle cuando caminaban sin saber hacia donde iban, andaban para conversar y de alguna manera encontrarse el uno con el otro. Hay personas que han estado tan cerca de ti que sientes que son alguna parte de tu cuerpo, cuando se van se siente un hueco en alguna parte, como si te hubieran extirpado el hígado o un riñón, es raro, es difícil que alguien te haga sentir eso, esa sensación metafísica convertida en algo real, algo físico que trastoca la carne y los huesos, son como un miembro fantasma, sabes que ya no existe más pero lo sientes ahí, saliendo de ti, como una ramificación de tu ser, todavía te duele, te pica, sigue sintiéndose y es espantoso. Por algún tiempo es casi como un milagro, algo grandioso, pero llega a volverse una pesadilla cuando ese miembro falta, es como si faltara tu ser entero, tú sabes que sigues ahí pero es como si no estuvieras.